DISTINTO EN MI CARÁCTER: ALEGRES EN LA PERSECUCIÓN

DISTINTO EN MI CARÁCTER: ALEGRES EN LA PERSECUCIÓN

SERIE DE SERMONES SOBRE LAS BIENAVENTURANZAS “DISTINTOS: VIVIENDO POR ENCIMA DE LA NORMA”

TEXTO BÍBLICO: MATEO 5:10-12

INTRODUCCIÓN

Según un estudio reciente sobre el Índice de Vulnerabilidad Bautista que ha elaborado la Alianza Bautista Mundial para este año, cuyo propósito es el de llamar la atención  sobre los desafíos a los que se enfrentan los bautistas en el mundo, y así lograr que estos se mantengan unidos solidariamente en oración y esfuerzos prácticos, los nueve países donde a día de hoy es más difícil ser bautistas son la República Centroafricana, Nigeria, Sudán, Siria, Etiopía, la India, el Chad, la República Democrática del Congo y Sudán del Sur. El hostigamiento y las amenazas continuas o la previsión de que estos se concreten en la realidad en los próximos años a tenor de sus tendencias religiosas integristas y de sus legislaciones restrictivas de la libertad de confesión y reunión.

Y si nos atenemos a las cifras que ponen a disposición los investigadores de Puertas Abiertas sobre el cristianismo en general, lo cierto es que, en determinados países, ser abiertamente discípulos de Jesús supone, desde multas y encarcelamiento, hasta la pena de muerte. Como familia de la fe que somos, sin importar la ubicación en la que nos hallemos viviendo, todos nos dolemos cuando los mártires del evangelio, anónimos muchos de ellos, sufren persecución y ultrajes a cuál más espantoso e injusto.

Nosotros, que gozamos hasta la actualidad de una cierta tolerancia religiosa, porque de libertad plena no podemos hablar si somos fieles a la realidad propia de nuestra España, hemos de dar gracias a Dios por poder abrir nuestros locales de culto, por poder reunirnos sin cortapisas de ninguna clase, por expresar nuestra fe públicamente, por manifestar nuestras creencias sin miedo a la censura gubernamental, y por desarrollar y madurar nuestra libertad de conciencia personal. Mucho se ha luchado en esta nación durante el s. XX para que pudiésemos alcanzar ciertas cuotas de tolerancia y de defensa de nuestros derechos, bien lo saben nuestros más ancianos hermanos y hermanas. A todos ellos debemos siempre agradecer y reconocer sus desvelos, sus intrépidas acciones y su empeño ferviente porque se hiciera justicia con el pueblo evangélico.

Si somos lo que somos hoy se lo debemos a quienes nos precedieron, los cuales sí tuvieron que arrostrar dificultades, maltratos, maledicencias y cárceles simplemente por querer comunicar su fe cristiana o por vender ejemplares de la Palabra de Dios. Somos unos auténticos privilegiados, porque, aunque siempre existen personas que nos la tendrán jurada y que tratarán de menospreciarnos y difamarnos, podemos adorar y exaltar al Señor con la garantía que nuestros derechos como ciudadanos españoles serán tenidos en consideración por las autoridades competentes. A veces es preciso mirar hacia atrás, a nuestra historia, para entender que ser creyente en Cristo no fue siempre un camino de rosas sin espinas. Y, sin embargo, aun en medio de la persecución y de la marginación social, el fruto de almas que se entregaban a Dios siempre fue visible e imparable. Incluso, podríamos llegar a decir, que precisamente en aquellas épocas de furibunda inquina contra todo lo que oliese a evangélico o protestante, los corazones estaban más inflamados por el amor y la fidelidad a Dios que nunca.

  1. PERSEGUIDOS Y FELICES

Jesús, sabedor, con anticipada visión, del futuro de lo que habría de acontecer a sus discípulos, toda vez él se marchase a las moradas celestiales para enviar a su Espíritu Santo, desea poner una nota de esperanza y confianza en su voz, puesto que los tiempos iban a ser duros y traerían todo tipo de dificultades y aflicciones sobre sus seguidores: “Felices los que sufren persecución por cumplir la voluntad de Dios, porque suyo es el reino de los cielos.” (v. 10)

La primera pregunta surge naturalmente: “¿Cómo es posible vivir alegremente cuando alguien es perseguido y acosado a causa de su fe en Dios?” Las persecuciones contra aquellos que expresaban su adhesión al evangelio públicamente a lo largo de los primeros siglos después de Cristo siempre fueron horribles y sangrientas. No tenemos cifras concretas de hombres y mujeres sacrificados en el altar de la ignorancia, la intolerancia y el odio a lo diferente religiosamente hablando durante aquellas persecuciones, tanto judías como romanas, que se prolongaron hasta el s. V d. C. Pero sí sabemos de ciertas crónicas históricas de cómo los emperadores romanos más agresivos con la fe cristiana, entregaron a miles y miles de cristianos a las torturas más depravadas y humillantes, con tal de lograr que estos abjurasen de su fe en Cristo.

Y de ahí, en adelante, incluso las propias instancias del cristianismo institucionalizado, concretado en la Iglesia Católica Romana, persiguieron y martirizaron a todos cuantos no comulgaban con su visión teológica particular y exclusiva. ¿Podríamos decir que estos ajusticiados por causa de servir a Dios se mostraron contentos? ¿Acaso el dolor y la tristeza no hizo mella en sus rostros cuando fueron castigados sin misericordia? ¿Sus miembros amputados o sus maltratados cuerpos no les recordaban todo lo mal que lo habían pasado? ¿Cómo, pues, podían ser felices en medio de estos trances tan agudos?

Por supuesto, si por un instante nos pusiésemos en las sandalias de aquellos primeros discípulos del Señor, entenderíamos que no es que fuesen a estallar en carcajadas de gozo cuando eran entregados por las autoridades a las barrabasadas más violentas y repugnantes, que no exhibían una sonrisa de oreja a oreja al recibir latigazo sobre latigazo en sus ijares, que no derramaban una sola lágrima de pena cuando se veían inmovilizados en las cochambrosas y malolientes celdas del calabozo. Como seres humanos que eran, todos los mártires de la historia seguramente atravesaron por instantes de duda, de miedo, de aflicción insoportable, y esto no parece ser sinónimo de felicidad o alegría, precisamente. Hablemos con aquellos de nuestros hermanos más ancianos para verificar si sus vidas mejoraron socialmente o si pudieron hacer alarde de su fe con la misma libertad que ahora disponemos los más jóvenes.

Recordemos al mismo Jesús, conocedor de su suerte horas antes de ser prendido, con un sudor sanguinoliento brotando de sus poros por la angustia que estaba tensando cada uno de sus músculos. ¿Podríamos decir que en ese momento Jesús estaba alegre? Sin embargo, toda vez que su Padre le confirma definitivamente que su sino es el de morir por amor de la humanidad, para el perdón de los pecados, para la salvación de las almas que Dios le había encomendado, entiende que debe alegrarse, no en la injusticia que se iba a hacer a su persona, no en los golpes y esputos que recibiría en su subida al Gólgota, no en los insultos y burlas de sus escarnecedores, sino en la esperanza y seguridad de que muchos hombres y mujeres serían redimidos a causa de su sacrificio voluntario en la cruz del Calvario: “Por tanto, nosotros también, teniendo en derredor nuestro tan grande nube de testigos, despojémonos de todo peso y del pecado que nos asedia, y corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante, puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe, el cual por el gozo puesto delante de él sufrió la cruz, menospreciando el oprobio, y se sentó a la diestra del trono de Dios. Considerad a aquel que sufrió tal contradicción de pecadores contra sí mismo, para que vuestro ánimo no se canse hasta desmayar.” (Hebreos 12:1-3)

No, la alegría no la encontraremos en este mundo cuando somos pisoteados o nuestro nombre es infamado como discípulos de Jesús. El gozo lo hallaremos en la promesa que Jesús nos hace si somos capaces de perseverar hasta el fin, permaneciendo en su amor y siendo fieles siervos suyos a pesar de las persecuciones y demás coacciones de las que seamos objeto solamente por vivir de por encima de la norma que establece este mundo, que es la de cambiar sus principios para evitar problemas y tribulaciones. Si cumplimos con la voluntad de Dios, expresada en su Palabra y revelada especialmente en el ejemplo y enseñanzas de Jesús, seremos felices al saber que nos aguarda un porvenir eterno repleto de la presencia y misericordia de Dios. No somos felices por experimentar quebrantos en este plano terrenal.

Somos felices por cuanto seremos galardonados en el advenimiento de Cristo, o cuando nuestro espíritu abandone nuestro cuerpo torturado, ajado y cansado. La felicidad de ser conscientes de que una realidad alternativa presidida por el Señor, que sustituirá a la presente era, sembrada de sangre inocente derramada, será inenarrable. Poder decir que el Reino de los cielos es nuestro en virtud de nuestra lealtad y pasión por Cristo, es lo que pone en nuestros labios una sonrisa de esperanza y gloria.

  1. INSULTADOS Y FELICES

Si poco júbilo habremos de acertar a experimentar si nuestros cuerpos son entregados a las vejaciones y suplicios, únicamente por el hecho de declarar nuestra simpatía por las enseñanzas de Jesús, poco regocijo habremos de manifestar cuando también seamos vituperados y estigmatizados socialmente hablando: “Felices vosotros cuando os insulten y os persigan, y cuando digan falsamente de vosotros toda clase de infamias por ser mis discípulos.” (v. 11)

Ser insultado implica ser la diana de palabras, gestos y expresiones ofensivos. Ser infamado supone ofender la fama, el honor o la dignidad de una persona. Ninguna de estas dos acciones indignas es algo que deseamos con todas nuestras fuerzas que nos suceda. No nos aportan felicidad o alegría, ¿verdad? El cristiano, que busca bendecir en lugar de maldecir, y que procura hablar la verdad de las cosas sin entrar a valorar o menoscabar la dignidad de nadie, tiene que ver amenazada la suya propia sencillamente porque adora y ama a Dios. ¿Cuántas historias no habremos escuchado de antaño en las que, por ser protestante o evangélico, automáticamente eras sospechoso de haber cometido algún crimen o delito? ¿Cuántos hermanos y hermanas con negocios humildes no tuvieron que lidiar con las habladurías y la marginación social, perdiendo mucho dinero en el proceso, por no hablar de su prestigio personal? ¿Cuántas delaciones interesadas y perversas no se hicieron en tiempos de la censura de la dictadura para lograr acabar con la tranquilidad y la paz de una familia evangélica que nunca había dado qué hablar a nadie? La lengua viperina de muchas personas, acérrimas enemigas de cuanto sonase a evangélico o protestante, salió a pasear innumerables veces, solo con el objetivo de predisponer a las masas y a las autoridades civiles y religiosas en su contra.

Jesús de nuevo se convierte en el espejo en el que nos hemos de mirar en lo que se refiere a los insultos e invectivas feroces que buscan minar nuestra dignidad personal o institucional como iglesia. No solo tuvo que defender a sus discípulos ante las airadas observaciones de los fariseos y maestros de la ley judía, sino que él mismo tuvo que sufrir el oprobio de sus detractores hasta el último estertor. Y si no, recordemos de qué modo se mofaban sus torturadores, colocando un manto escarlata y una corona de espinas sobre su sien; recordemos las falsas acusaciones de blasfemia que tuvo que escuchar en la reunión del Sanedrín; recordemos las bofetadas, los golpes y los escupitajos tan humillantes que recibió de muchos de sus componentes; recordemos a aquellos que pasaban ante la cruz de Jesús meneando su cabeza e injuriándole; recordemos incluso en sus postreros minutos de vida siendo imprecado por uno de los delincuentes que estaba colgado a su vera.

¿Creéis que Jesús no sabía a lo que se iba a exponer si cumplía con la voluntad de su Padre celestial? Por supuesto que sí. Pero por amor a nosotros resistió el impulso humano de facilitarse las cosas, de renunciar a su misión, de rendirse en brazos de la derrota. Si él, siendo inocente, afrontó el sufrimiento y el dolor, la ignominia y la injusticia, los improperios y los punzantes y crueles sarcasmos, ¿cómo no vamos a mantenernos firmes en nuestro seguimiento de su persona y obras? ¿Cómo no vamos a ver en perspectiva todo lo que nos aguarda en un futuro donde él es soberano por toda la eternidad, para afrontar los menosprecios con la felicidad de lo que nos espera en el horizonte de la historia?

  1. RECOMPENSADOS Y ALEGRES

Jesús exhorta exclamativamente a sus oyentes a que, a pesar de que la paradoja de estar alegres en situaciones lamentables y adversas por causa de su discipulado cristiano, la verdad de lo eterno se alza por encima de lo perecedero y pasajero: ¡Alegraos y estad contentos, porque en el cielo tenéis una gran recompensa! ¡Así también fueron perseguidos los profetas que vivieron antes que vosotros!” (v. 12)

Jesús no está sugiriendo que los perseguidos y difamados sonrían como masoquistas cada vez que se encuentren afectados por la tribulación orquestada por seres humanos fanáticos e intransigentes. A los cristianos no nos ha de complacer el sufrimiento, y más si este es producto del odio de terceros. Nuestra alegría y gozo deben surgir de la promesa de una gran recompensa que el Padre nos concederá si permanecemos fieles a su voluntad contra viento y marea. Nuestro júbilo se fundamenta en la perspectiva de toda una vida eterna disfrutando de Cristo. Nuestro regocijo se afirma sobre la base de que, al ser perseguidos por los enemigos del evangelio, nuestra fe es probada y las promesas de fortalecimiento y paz que Dios nos ha entregado serán cumplidas fehacientemente en nuestras vidas, sea cual sea la circunstancia por la que estemos atravesando. El carácter del cristiano es el de descansar en las manos de Dios cuando nos veamos en tesituras de amenaza y censura, porque, como dijo el propio Jesús: “He aquí, yo os envío como a ovejas en medio de lobos; sed, pues, prudentes como serpientes, y sencillos como palomas. Y guardaos de los hombres, porque os entregarán a los concilios, y en sus sinagogas os azotarán; y aun ante gobernadores y reyes seréis llevados por causa de mí, para testimonio a ellos y a los gentiles.” (Mateo 10:16-18)

Como respaldo y ánimo a sus discípulos, Jesús hace alusión a aquellos profetas de Dios que los precedieron, y que también tuvieron que padecer la persecución, la burla y el escarnio de sus propios compatriotas. Fueron apedreados, acosados, echados en pozos secos y asesinados porque expusieron la verdad del juicio de Dios sobre sociedades rebeldes y seducidas por el pecado y el paganismo de las naciones aledañas. Su mensaje no era agradable a los oídos de gobernantes y demás élites sociales y religiosas, y fueron acallados en muchos casos con medidas radicales y letales. También muchas personas y entidades de todo tipo odian tener que escuchar el mensaje del evangelio de Jesús, un mensaje de arrepentimiento y confesión de pecados, un mensaje de perdón y de justicia para con los más desfavorecidos de la sociedad, un mensaje de redención y sujeción obediente a Dios, un mensaje incómodo en términos éticos y morales, un mensaje escandaloso y propio de locos que señala el pecado y que predica el amor hacia el pecador. A veces, nos puede dar la sensación de que estorbamos para algunas instancias civiles o políticas, pero si la verdad de Dios está en nuestro corazón y en nuestros labios, no habremos de avergonzarnos de ella, del mismo modo que no lo hicieron millones de hijos de Dios a lo largo de la historia de la humanidad.

CONCLUSIÓN

Al escuchar este sermón tal vez puedas decir para tus adentros que de esta agua de la persecución y del insulto no beberás, por cuanto vivimos en una sociedad moderna, plural, tolerante y democrática. Incluso pensarás que soy algo tremendista o que simplemente veo el peor lado de las cosas. Yo todavía me considero joven, parte de la generación que nació ya prácticamente en democracia en este país, pero hablad con las generaciones anteriores a la mía, y averiguad de qué modo las cosas pueden cambiar de un momento a otro, y de qué forma la historia que creímos que dejamos atrás, puede dar un vuelco en un sentido completamente distinto, y no precisamente para mejor.

Aprovechemos estos tiempos que el Señor en su bondad y gracia ha preparado para su iglesia en España, y demos a conocer el evangelio de salvación mientras el panorama político, social y religioso es de apertura. Oremos por aquellos hermanos y hermanas que sí tienen que sufrir en sus propias carnes la persecución y el oprobio en otras latitudes, rogando al Señor que los cuide y los llene de su Espíritu Santo, a fin de que perseveren hasta el final en su misión y testimonio. Y sea cual sea nuestra situación, alegrémonos porque nuestra esperanza y nuestra fe tendrán su galardón en los cielos.

 

 

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