RECORDANDO LA CANCIÓN

RECORDANDO LA CANCIÓN

 

SERIE DE SERMONES DE ADVIENTO “UNA NAVIDAD INOLVIDABLE”

TEXTO BÍBLICO: LUCAS 2:8-20

INTRODUCCIÓN

El acontecimiento que celebramos en las fechas navideñas es muy especial para mí. Fue precisamente en Navidad cuando entendí el evangelio de mano de mi profesora de Escuela Dominical, y comprendí mi necesidad de recibir la salvación de parte de Dios. Hasta ese momento la Navidad solo era un periodo vacacional en el que nos reuníamos como familia para cenar juntos, ver los típicos programas de Nochebuena, y recibir los regalos tan esperados durante todo el año. Ningún otro pensamiento mío abarcaba la realidad espiritual que se hallaba tras la conmemoración del nacimiento de Jesucristo. Nunca se me ocurrió preguntar sobre el significado exacto de estas festividades hasta que el Señor puso en mi corazón la inquietud adolescente de saber algo más de la Navidad. Nuestra maestra de Escuela Dominical, con su habitual ternura y sencillez me explicó grosso modo la esencia de la encarnación de Dios en Cristo, un ser de carne y hueso, con el objetivo de rescatar de las garras del pecado y de Satanás el alma del ser humano. Una luz brillante se apoderó de mi mente curiosa y decidí saber mucho más de esta dimensión espiritual que nunca había entrado en mis cálculos y preocupaciones. De ahí en adelante, con la ayuda de mi pastor y otros hermanos, pude articular, aunque fuese de manera simple y sin pulir, esa necesidad que yo tenía de confesar mis pecados ante Dios, de solicitar de Él su misericordia y de comprometerme con Jesucristo como mi Señor y Salvador.

La encarnación de Dios en Cristo, dentro del misterio que supone, y que con la ayuda del Espíritu Santo en mi vida, he podido ir desentrañando, es el punto más alto e importante del plan de salvación de Dios. Dios nos ha revelado a través de su Palabra el crucial evento en la historia que atañe a toda la humanidad, y esto ha sido posible en tanto en cuanto hemos elegido escuchar y cantar una canción de salvación. El hecho de que Dios mismo tuviese a bien caminar entre nosotros ya es de por sí una admirable cantata que entonar por los siglos de los siglos cada vez que sentimos en el corazón el peso de una redención que demandó una solución definitiva y repleta de gracia y amor: “Se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres.” (Filipenses 2:7). Nuestros salmos y cánticos a Dios son el producto precisamente de este acontecimiento cósmico: Dios dejando su majestad y gloria eternas para amar y salvar a aquellos que desean ser salvados en un mundo finito y anclado en lo frágil del tiempo.

Es tiempo en estos días de Adviento de recordar la canción de salvación que se inspira en el advenimiento de nuestro Salvador. Desde el cielo no se enviaba a un modelo de nobleza e integridad, ni a un maestro ducho en enseñar moralidad y buenas costumbres, ni a un iluminado revolucionario que quisiera transformar el mundo desde una estrategia social de la no violencia. Desde el trono refulgente de las moradas celestiales es Dios mismo el que desciende para convertirse en el corazón del evangelio que nosotros hoy predicamos: “Porque de tal manera amó Dios al mundo que ha dado a su Hijo unigénito para que todo aquel que en él crea no se pierda mas tenga vida eterna.” (Juan 3:16). El Salvador al que hemos de agradecer que haya puesto un nuevo cántico en nuestra boca es aquel que dijo de sí mismo lo siguiente: “Porque el Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido.” (Lucas 19:10), y cuyo nombre, Jesús, es el resumen perfecto de su labor en la tierra: “Porque él salvará a su pueblo de sus pecados.” (Mateo 1:21).

  1. UNA CANCIÓN PARA LOS HUMILDES

“Había pastores en la misma región, que velaban y guardaban las vigilias de la noche sobre su rebaño. Y he aquí, se les presentó un ángel del Señor, y la gloria del Señor los rodeó de resplandor; y tuvieron gran temor.” (vv. 8-9)

Todavía la canción de unos ángeles resuena en el eco de los tiempos para seguir recordándonos que un Salvador llegó a este planeta para liberar a los cautivos del pecado y para sanar las heridas que éste había infligido en el corazón del ser humano. Todavía podemos escuchar la historia de aquellos pastores, hombres que se hallaban en la parte más baja de la escala social de aquellos días, personas que no eran consideradas precisamente como los baluartes de la educación, la pureza ritual, la fiabilidad y los buenos hábitos. Aún podemos recordar a través del relato bíblico cómo un ángel del Señor se hace presente ante los más humildes del pueblo en vez de ante las más encumbradas autoridades religiosas y políticas del país. Las buenas noticias encuentran su primer oído en individuos de dudosa catadura y fama.

¿Y es que acaso no es esa nuestra situación cuando recibimos la revelación divina de su misericordia y salvación? ¿No es así como Dios se acercó a nosotros, indignos mortales y perpetradores de los pecados más perversos y tenebrosos? Dios, al igual que los pastores, se aproxima a aquellos que más necesitan de su obra de redención, para que de este modo, cualquier testimonio futuro de pecadores en apariencia irredentos, pueda ser un faro brillante para otros barcos que navegan ciegamente por las costas rocosas de un mundo sin Dios. Nuestra garganta antes reseca por la sed de justicia y enronquecida por la multitud de palabras e ideas contrarias a la voluntad perfecta de Dios, ahora se aclara gracias a la miel que mana del panal de la gracia soberana de Dios en Cristo. Los pastores en su humildad y modestia poseían una receptividad especial para el mensaje del ángel, mientras que, como puede constatarse en el resto de la historia de los evangelios, los adalides de la pureza religiosa dedicaron todos sus esfuerzos en rechazar la verdad que canta la propia vida de Jesús. La alegría y el gozo son características propias e inseparables de unas buenas noticias como las que traía el mensajero celestial.

  1. UNA CANCIÓN UNIVERSAL

“Pero el ángel les dijo: No temáis; porque he aquí os doy nuevas de gran gozo, que será para todo el pueblo.” (v. 10)

¿Eran esas noticias únicamente para los pastores? Por supuesto que no. Ellos solo eran la punta de lanza o la avanzadilla de lo que estaba por ocurrir en el futuro. El ángel deja claro que las buenas noticias son para todo el pueblo, que son universales. Dios desea que todos sean salvos, que todos puedan cantar a pleno pulmón la grandeza y maravillosa regeneración del alma humana, pasando de la más miserable condenación a la más excelsa condición redentora. Éste cántico es un cántico que debe ser interpretado por todos aquellos que reciben con alegría y fe el mensaje del evangelio creyendo en Jesucristo como su Señor y Salvador. Ya no es la voz áspera del pecado la que habla por nosotros, sino que es la melodiosa y armoniosa voz de la salvación en Cristo la que surge potente y clara para adorar al que vive y hace vivir por los siglos de los siglos. Esta canción universal es una canción que también tuvo a bien cantar Simeón, aquel anciano que esperaba la consolación de Israel a través del nacimiento del Mesías, y que se conoce como el “Nunc Dimitis”: “Ahora, Señor, despides a tu siervo en paz, conforme a tu palabra; porque han visto mis ojos tu salvación, la cual has preparado en presencia de todos los pueblos; luz para revelación a los gentiles, y gloria de tu pueblo Israel.” (Lucas 2:28-32).

  1. UNA CANCIÓN MESIÁNICA

“Que os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es CRISTO el Señor. Esto os servirá de señal: Hallaréis al niño envuelto en pañales, acostado en un pesebre.” (vv. 11-12)

El niño que estaba a punto de nacer reunía todas y cada una de las características que se esperaban de aquel que inauguraría la era de la gracia. Era el Salvador, aquel que nos ha rescatado de nuestra vana manera de vivir, de la tiranía del pecado y de los vicios, de la culpa que lastra nuestros pensamientos. Era el Cristo, el ungido de Dios que aunaría en sí mismo las tres facetas fundamentales del enviado de Dios: Señor de señores y Rey de reyes nacido en la ciudad de David que vencerá a la muerte (Apocalipsis 17:144), apóstol y sumo sacerdote de nuestra profesión (Hebreos 3:1), y profeta que nos revela la verdad y extensión de las profecías del Antiguo Testamento (Hebreos 1:1-2). Era el Señor, poderoso en su autoridad y señorío sobre las vidas de aquellos que hemos fiado nuestro destino y ser a su voluntad santa y sabia. Era ciento por ciento Dios y ciento por ciento hombre, demostrando con el misterio de su encarnación el amor más inmenso del que jamás seremos objeto. La evidencia de todos estos gloriosos y magnificentes títulos sería el contraste inigualable de la humildad de su nacimiento en la cuna que un pesebre donde se alimentaba el ganado le acogió. Jesús no era un escogido de las castas más encumbradas, ni de las instancias más adineradas, ni de las estirpes más laureadas. Así debía ser: de la gloria deslumbrante a la humildad anónima.

  1. UNA CANCIÓN CELESTIAL

“Y repentinamente apareció con el ángel una multitud de las huestes celestiales, que alababan a Dios, y decían: ¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz, buena voluntad para con los hombres!” (vv. 13-14)

En un alarde impresionante e inimaginable de adoración y alabanza genial, miríadas de ángeles entonan el coro magnífico y emocionante de las buenas nuevas de salvación para el mundo: “¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz, buena voluntad para con los hombres!” (v. 14). Esta visión sin precedentes en las Escrituras es el mejor modo en el que dar la bienvenida a la tierra a aquel que iba a ofrecernos la paz y la reconciliación con Dios. Los ángeles, exultantes de gozo y júbilo, emplean sus cristalinas voces para expresar la satisfacción que rebosa en sus corazones al ser portadores de las buenas nuevas de salvación de los perdidos. Del mismo modo en el que se regocijan en este instante culminante de los propósitos de Dios, así harán cada vez que una nueva alma se entregue a Cristo: “Hay gozo delante de los ángeles de Dios por un pecador que se arrepiente.” (Lucas 15:10). La paz se une al coro de la alegría para entregarnos el regalo de la reconciliación con Dios: “Porque si siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, mucho más, estando reconciliados, seremos salvos por su vida.” (Romanos 5:10); “Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo, no tomándoles en cuenta a los hombres sus pecados.” (2 Corintios 5:18-19). Esta reconciliación cuyo fundamento es Cristo en su vida, muerte y resurrección tiene lugar, no por nuestros merecimientos o nuestras buenas obras, sino que es ofrecida voluntaria y misericordiosamente por Dios a aquellos sobre los que reposa el favor soberano de Dios.

  1. UNA CANCIÓN QUE HAY QUE COMPARTIR

“Sucedió que cuando los ángeles se fueron de ellos al cielo, los pastores se dijeron unos a otros: Pasemos, pues, hasta Belén, y veamos esto que ha sucedido, y que el Señor nos ha manifestado. Vinieron, pues, apresuradamente, y hallaron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre. Y al verlo, dieron a conocer lo que se les había dicho acerca del niño. Y todos los que oyeron, se maravillaron de lo que los pastores les decían. Pero María guardaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón. Y volvieron los pastores glorificando y alabando a Dios por todas las cosas que habían oído y visto, como se les había dicho.” (vv. 15-20)

Tras esta revelación inolvidable y asombrosa, los pastores siguen el proceso de todo aquel que ha recibido la Palabra de Dios. Sin muchos aspavientos y con entusiasmo desbordante, dejan sus rebaños al cuidado de unos pocos de sus compañeros para asistir al mejor concierto musical que hayan podido presenciar: el niño envuelto en pañales junto a sus padres. La fe inefable que colma sus corazones les lleva a actuar y a comprobar la autenticidad del anuncio angélico. Aceptan la invitación de Dios y acuden al encuentro de su Salvador y Señor, el cual aliviará sus cargas: “Venid a mí todos los trabajados y cargados, y yo os haré descansar. Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas; porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga.” (Mateo 11:28-30).

Cuando por fin comprueban la verdad de la canción celestial, y miran con ojos impresionados la fidelidad de la profecía, todos, tanto pastores como José y María ven confirmadas sus esperanzas y su fe. Mientras los pastores corren alborozados a proclamar el nacimiento del Mesías a todos cuantos se encontraban por su camino, con los corazones ardiendo de amor y perdón, María guarda en lo más profundo de su ser todas estas cosas, meditando acerca de toda una vida que se abre ante la inocente sonrisa de su retoño. Los pastores prorrumpen en un cántico de gratitud, de gozo y de esperanza mientras vuelven a sus aldeas, sabiendo que nada será igual para ellos tras escuchar la canción de las buenas nuevas de salvación.

CONCLUSIÓN

Hermanos míos y creyentes en el Señor, ¿seguís recordando y escuchando el himno que Dios ha compuesto para nuestra salvación en estos días de Navidad? Si es así, no dejemos de cantarla y disfrutarla, puesto que gracias a la compasión de Dios en Cristo somos librados del pecado y de una vida condenada a la perdición eterna.

Amigos y simpatizantes que nos visitáis, ¿no querríais cantar con nosotros en este día una canción que cambiará vuestras vidas de arriba abajo, que os reconciliará con Dios perdonándoos vuestros pecados y que os abrirá las puertas del cielo para ser amados y queridos por toda la eternidad? Si es así, no pienses si cantas bien o mal. Solo deja que el Espíritu Santo de Dios cambie tus cuerdas vocales maltrechas por el dolor y la desesperación por otras que interpreten con dulzura y poder la letra de una nueva vida en Cristo Jesús, Señor nuestro.

 

 

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